
Me está
matando ese intenso dolor en la vista que tengo y que está batido con el pegote
del cuerpo caluroso y con el horario de trabajo que debo cumplir y la
impotencia y todo lo demás que ya sabés. Y él zumba por ahí. Quiero bajarlo a
tierra y terminar el problema. Pero para eso, tengo que armarme una torre de
paciencia. Respiración baja, dedos tecleando en silencio, vista concentrada en
lo que escribo. Contar. Edición, mucha edición, para hacer tiempo. Como si el
mosquito no existiera realmente, como si no lo esperara realmente. Al moxquito
lo cuento. Te lo cuento a vos, que me leés. Escribo y, en el fondo, busco otra
cosa. Quiero matar lo que me distrae el sueño y ahora que me muero por dormir
bien empiezo la escritura. Pero justo ahí cuando aterrizo, el moxquito me
recuerda que estamos solos. Que estoy solo, porque él es una cosa
indestructible en su mérito, de voluntad innegociable. Y que yo lo traduzco, de
forma potente, como algo suspicaz y terrible.
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